Ana Karenina
Ana Karenina Después de leer la carta, Vronsky alzó la vista. En sus ojos no habÃa firmeza. Ana comprendió en seguida que Vronsky habÃa pensado antes en aquella posibilidad. Ella sabÃa que, por mucho que Vronsky pudiera decirle, nunca le dirÃa lo que pensaba. Y comprendió también que su última esperanza estaba perdida. No era esto lo que esperaba.
–¿Ya ves de qué clase de hombre se trata? ––dijo, con voz temblorosa–. Ya lo ves…
–Perdona, pero yo me alegro de ello –repuso Vronsky–. Déjame explicarme, por Dios… –añadió, rogándole con la mirada que le diese tiempo de aclarar sus palabras–. Me alegro porque las cosas en ningún modo pueden quedar como él supone.
–¿Por qué no? –dijo Ana, conteniendo las lágrimas y evidenciando que no daba ya ninguna importancia a lo que él pudiera decirle.
Adivinaba que su suerte estaba ya decidida.
Vronsky querÃa decir que después del duelo, inminente a su juicio, aquello no podrÃa seguir asÃ, pero dijo otra cosa.
–No puede seguir asÃ. Supongo que ahora le abandonarás… –y Vronsky se sonrojó–, supongo que ahora me dejarás arreglar nuestra vida, pensar en ella… Mañana… –dijo.
Pero Ana no le dio tiempo a terminar: