Ana Karenina

Ana Karenina

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–¡Allí viene alguien! –exclamó Vronsky de pronto, mostrando a dos señoras que avanzaban hacia ellos–.

Acaso nos conozcan.

Y precipitadamente se dirigió a un paseo lateral arrastrando a Ana.

–Me es igual –dijo ésta, y sus labios temblaban. A Vronsky le pareció que sus ojos le examinaban con extraña irritación bajo el velo–. Te digo que no se trata de eso, ni lo dudo, pero lee lo que me escribe. Léelo.

Y Ana volvió a detenerse.

De nuevo, como en el primer momento de recibir la noticia de que Ana había roto con su marido, Vronsky, leyendo la carta, se entregó involuntariamente a la impresión espontánea que sintiera respecto al esposo ultrajado. Ahora, mientras tenía en las manos la carta, imaginaba involuntariamente aquel desafío que irían a proponerle hoy o mañana en su casa, se figuraba el mismo duelo, en el cual, con la misma expresión fría y orgullosa que ahora mostraba su rostro, dispararía al aire, esperando la bala del ofendido. Y en seguida pasó por su cerebro el recuerdo de lo que acabara de decirle Serpujovskoy por la mañana: más valía no estar ligado. Pero sabía bien que no podía comunicar a Ana tal pensamiento.


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