Ana Karenina
Ana Karenina Al recibir la carta de su marido comprendió en el fondo que todo iba a seguir como antes, que le faltarían fuerzas para renunciar a su posición en el gran mundo, abandonar a su hijo y unirse a su amante. La mañana pasada en casa de Betsy le afirmó más aún en esta convicción. No obstante, la entrevista con Vronsky tenía para ella una importancia excepcional, pues confiaba en que después de ella variaría su situación y ella se sentiría salvada.
Si al recibir la noticia Vronsky, sin vacilar un momento, decidido y apasionado, hubiese contestado: «déjalo todo y huyamos juntos», ella habría abandonado a su hijo y se habría ido con él.
Pero la noticia no produjo en Vronsky la impresión que esperaba Ana; él parecía sólo sentirse ofendido por algo.
–No me fue nada penoso. Todo sucedió del modo más natural –dijo Ana con irritación–. Y mira… –dijo sacando del guante la carta de su marido.
–Comprendo, comprendo –interrumpió Vronsky, tomando la carta, pero sin leerla y esforzándose en calmar a Ana–. Yo sólo deseaba una cosa y te la he pedido: terminar con esta situación para poder consagrar mi vida a tu felicidad.
–¿Por qué me lo dices? –repuso ella–. ¿Cómo puedo dudarlo? Si lo dudara…