Ana Karenina
Ana Karenina Pensaba que el fondo de su discurso serÃa grandioso y que cada palabra tendrÃa suma importancia. Y, sin embargo, mientras escuchaba el informe oficial, el aspecto de Karenin no podÃa ser más inocente y más inofensivo. Nadie pensaba, mirando sus manos blancas, de hinchadas venas, que tan suavemente acariciaban con sus largos dedos las hojas de papel blanco puestas ante él, y viendo su cabeza, inclinada de lado, con expresión de cansancio, que iban a brotar inmediatamente de su boca palabras que producirÃan una tempestad, obligando a gritar a los miembros, a interrumpirse unos a otros y al presidente a reclamar orden.
Cuando la declaración concluyó, Karenin anunció, con su voz suave y fina, que tenÃa que manifestar algo relativo al asunto de los autóctonos.
La atención se concentró en él.
Alexey Alejandrovich tosió y, sin mirar a su adversario, escogiendo, como hacÃa siempre al pronunciar sus discursos, la primera persona sentada ante él –un viejecito tranquilo y menudo que nunca exponÃa en la Comisión opiniones propias–, comenzó él a explicar con voz firme y muy clara sus ideas.