Ana Karenina
Ana Karenina –Sin duda la clase de vida que usted ha escogido ha influido en sus concepciones. Respeto y desprecio una y otra cosa tan vivamente… respeto tanto su pasado y desprecio tanto su presente… que estaba muy lejos de indicar lo que usted ha creÃdo interpretar en mis palabras.
Ana, suspirando, bajó la cabeza.
–En todo caso –continuó él, exaltándose–, no comprendo cómo, poseyendo la desenvoltura suficiente para declarar su infidelidad a su marido y no encontrando en ello, a lo que parece, motivo alguno de vergüenza, lo encuentra, en cambio, en el cumplimiento de sus deberes de esposa con respecto a su marido.
–Alexey Alejandrovich, ¿qué quiere usted de m�
–Necesito que ese hombre no la visite y que usted proceda de modo que ni el mundo ni los criados puedan criticarla, quiero que deje de ver a ese hombre. Creo que no pido mucho. Y a cambio de ello, disfrutará usted de los derechos de esposa honrada sin cumplir sus deberes. Es cuanto tengo que decirle. Y ahora debo salir. No como en casa.
Y dicho esto, se levantó y se dirigió hacia la puerta. Ana se levantó también. Saludándola en silencio, su marido la dejó pasar delante.