Ana Karenina
Ana Karenina Se advertÃa que, bajo la influencia de su irritación, él habÃa recobrado el dominio de sus facultades.
–Pero, como le dije ya por escrito –habló crudamente con su voz delgada–, le repito ahora que no estoy obligado a saberlo. Lo ignoro. No todas las esposas son tan amables como para apresurarse a comunicar a sus maridos esa «agradable» noticia –y Karenin acentuó la palabra «agradable»–. Lo ignoraré mientras el mundo lo ignore, mientras mi nombre no quede deshonrado. Y por eso le advierto que nuestras relaciones deben ser las de siempre, y sólo en caso de que usted se «comprometa» tomaré medidas para salvaguardar mi honor.
–Sin embargo, nuestras relaciones no pueden ser las de siempre –dijo Ana, tÃmidamente, mirándole con temor.
Cuando ella vio de nuevo aquellos gestos tranquilos, aquella voz infantil, penetrante a irónica, su repugnancia hacia él hizo desaparecer su compasión. Y sólo tenÃa miedo, pero querÃa aclarar su situación costara lo que costase.
–No puedo ser su mujer, mientras yo… –empezó.
Alexey Alejandrovich rió con risa malévola y frÃa.