Ana Karenina
Ana Karenina Los arados quedaban inservibles, porque el labrador no acertaba a bajar la reja y al moverla cansaba los caballos y estropeaba la tierra. Y, sin embargo, aseguraban a Levin que no había por qué preocuparse. Dejaban a los caballos invadir el trigo, porque ningún trabajador quería ser guarda nocturno. Y cuando una vez, a pesar de sus órdenes en contra, los trabajadores velaron por turno, Vañka, que había trabajado todo el día, se durmió y luego pedía perdón de su falta diciendo: «Usted lo ha querido».
Llevaron las tres mejores terneras a pastar al campo de trébol guadañado, sin darles antes de beber, y los animales enfermaron. No querían creer que las terneras estuvieran hinchadas por el trébol y contaban como consuelo que el propietario vecino había perdido en tres días ciento doce cabezas de ganado.
Todo ello no era porque desearan mal a Levin o a su finca. Al contrario, él sabía que los labriegos le apreciaban y le consideraban un propietario sin orgullo, lo que es entre ellos la mejor alabanza. Todo sucedía porque deseaban trabajar alegremente, sin preocupaciones, y los intereses de Levin no sólo les resultaban ajenos a incomprensible!, sino fatalmente contrarios a los suyos, que eran los más justos.