Ana Karenina
Ana Karenina Hacía tiempo que Levin se sentía descontento de cómo llevaba su propiedad. Veía que su barco hacía agua, pero no encontraba ni buscaba por dónde, acaso engañándose voluntariamente, ya que nada le habría quedado en la vida si dejaba de creer en su trabajo.
Pero ahora no podía seguir engañándose. Su actividad no sólo había dejado de tener interés para él, sino que le repugnaba y le resultaba imposible ocuparse de ella.
A esto se añadía la presencia, a treinta verstas de él, de Kitty Scherbazkaya, a la que quería y no podía ver.
Cuando estuvo en casa de Dolly, ella le invitó a ir, sin duda para que pidiese la mano de su hermana, que ahora, según le daba a entender Daria Alejandrovna, le aceptaría. Al ver a Kitty, Levin comprendió que seguía amándola; pero no podía ir a casa de Oblonsky sabiendo que Kitty estaba allí. El hecho de que él se hubiese declarado y ella le rechazara creaba entre ambos un obstáculo insuperable.
«No puedo pedirle que sea mi esposa sólo porque no ha podido serlo de aquel a quien amaba», se decía Levin.
Y este pensamiento enfriaba sus sentimientos y experimentaba casi hostilidad hacia Kitty.