Ana Karenina

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La habitación era espaciosa y en ella se veía una estufa holandesa enladrillada y una mampara. Bajo los iconos, en el rincón santo, había una mesa pintada con motivos rurales, una banqueta y dos sillas, y junto a la entrada se veía un pequeño armario con vajilla. Los postigos estaban cerrados, había pocas moscas y todo se hallaba tan limpio que Levin procuró que «Laska», que, mientras corría por los caminos, se bañaba en los charcos, no ensuciase el suelo y le mostró un lugar en el rincón próximo a la puerta.

Después de examinar la habitación, Levin salió al patio de detrás de la casa. La gallarda moza de los zuecos, balanceando en el aire los cubos vacíos, le adelantó corriendo para sacar agua del pozo.

–¡Hazlo en seguida! –gritó el viejo, jovialmente. Y se dirigió a Levin–: ¿Qué, señor, va a ver a Nicolás Ivanovich Sviajsky? También él viene a veces por aquí –empezó, con evidentes ganas de charlar, acodándose en la balaustrada de la escalera.

Mientras el viejo le estaba contando que conocía a Sviajsky llegaron los labriegos, con rastrillos y arados. Los caballos que tiraban de éstos eran grandes y robustos. Dos de los mozos, vestidos con camisas de indiana y gorras de visera, debían seguramente de pertenecer a la familia. Los otros dos, uno de edad y joven el otro, eran, sin duda, jornaleros y vestían camisas de tela basta.


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