Ana Karenina
Ana Karenina El viejo, separándose de la escalera, se acercó a los caballos y comenzó a desenganchar.
–¿Qué, han arado? –preguntó Levin.
–Hemos arado las patatas. Tenemos también algunas tierras. Fedor, no dejes escapar al caballo grande; átale al poste. Engancharemos otro caballo.
–Padrecito, ¿han traído las rejas de arado que encargaste? –preguntó uno de los mozos, de enorme estatura, probablemente hijo del viejo.
–Están en el trineo –contestó el anciano, arrollando las riendas quitadas a los caballos y echándolas al suelo–. Arréglalas mientras éstos comen.
La moza de antes, sonriente, con las espaldas inclinadas bajo el peso de los cubos, se paró en el zaguán. De no se sabía dónde salieron más mujeres, jóvenes y hermosas, de mediana edad y viejas feas, algunas con niños.
El samovar hirvió en la chimenea. Los mozos y la gente de la casa, una vez arreglados los caballos, se fueron a comer.
Levin sacó del coche sus provisiones a invitó al viejo a tomar el té juntos.
–Ya lo hemos tomado hoy, pero por acompañarle… –dijo el viejo, con evidente satisfacción.