Ana Karenina
Ana Karenina –¿Les enseña usted misma? –preguntó Levin, esforzándose en no mirar el escote, pero sintiendo que mirase o no hacia allà tendrÃa que verlo igualmente.
–SÃ: enseñaba y enseño, pero tenemos, además, una buena maestra. Hemos introducido también clases de gimnasia.
–Gracias, no quiero más té –dijo Levin.
Y, a pesar de reconocer que cometÃa una incorrección, pero sintiéndose incapaz de continuar aquella charla, se levantó sonrojándose.
–Oigo una conversación muy interesante –añadió– y…
Se acercó al otro extremo de la mesa, donde estaba sentado el dueño con dos propietarios.
Sviajsky, acomodado de lado a la mesa, sostenÃa la taza con la mano y apoyaba el codo sobre la madera. Con la otra mano empujaba su barba, subiéndola hasta la nariz como para olerla y dejándola luego caer. Sus brillantes ojos negros miraban a un propietario de canosos bigotes que hablaba con agitación y, a juzgar por su rostro, debÃa de encontrar divertido lo que decÃa.