Ana Karenina

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Aquel escote cuadrangular, a pesar de la blancura del pecho, y acaso por ello, privaba a Levin de la facultad de pensar. Imaginaba, errando probablemente, que aquel escote tendía a influirle, y no se consideraba con derecho a mirarlo, y procuraba no hacerlo; pero tenía la impresión de ser culpable, aunque sólo fuera por el simple hecho de que aquel escote existiese, que era preciso que explicara algo y le era imposible hacerlo, Y, a causa de esto, se sonrojaba y se sentía torpe e inquieto. Su estado de ánimo se comunicaba también a la linda cuñada. La dueña, en cambio, parecía no reparar en ello y, a propósito, le obligaba a entrar en el tema de la conversación.

–Decía usted –manifestaba continuando la charla iniciada– que a mi marido no le interesa nada ruso…

¡Al contrario! En el extranjero está alegre, pero nunca tanto como cuando vive aquí. Aquí se halla en su ambiente. ¡Como tiene tanto que hacer y se interesa por todo! ¿No ha estado usted en nuestra escuela?

–La he visto. ¿No es esa casa cubierta de hiedra?

–Sí. Es obra de Nastia–dijo, señalando a su hermana.


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