Ana Karenina
Ana Karenina –Con el pueblo ruso, no teniendo autoridad, no será posible nunca –contestó el propietario.
–¿Cómo es posible encontrar nuevas condiciones? ––dijo Sviajsky, después de tomar la leche cuajada, encendiendo un cigarrillo y acercándose a los que dialogaban–. Todos los modos de emplear la energÃa de los trabajadores han sido definidos y estudiados. Ese resto de barbarie, la comunidad primitiva de caución solidaria, se descompone por sà sola; la esclavitud ha sido aniquilada; el trabajo es libre; sus formas, concretas, y hay que aceptarlas asÃ. Hay peones, jornaleros, colonos, y fuera de eso, nada.
–Pues Europa está descontenta de tales formas. Tan descontenta, que trata de hallar otras.
–Yo sólo digo esto –intervino Levin–. ¿Por qué no buscar nosotros por nuestra parte?
–Porque serÃa igual que si pretendiéramos volver a inventar procedimientos para la construcción de ferrocarriles. Estos procedimientos están ya inventados.
–Pero ¿si no convienen a nuestro paÃs, si resultan perjudiciales? –insistió Levin.
Y otra vez observó la expresión de temor en los ojos de Sviajsky.