Ana Karenina
Ana Karenina –¿Quieren leche cuajada? Macha, haz que nos traigan leche cuajada y frambuesas –dijo Sviajsky a su mujer–––. Este año tenemos una gran abundancia de frambuesas.
Y Sviajsky se levantó y se alejó en inmejorable disposición de espÃritu, dando por terminada la conversación donde Levin la daba por empezada.
Al quedarse sin interlocutor, Levin continuó la charla con el propietario, tratando de demostrarle que la dificultad estribaba en que no se querÃan conocer las cualidades y costumbres del obrero.
Pero, como todos los hombres que piensan con independencia y viven aislados, el propietario era muy reacio a admitir las opiniones ajenas y se atenÃa en exceso a las propias. InsistÃa en que el aldeano ruso es un cerdo y le gustan las porquerÃas, y que para sacarle de ellas se necesitaba autoridad y, a falta de ésta, palo; pero que como entonces se era tan liberal, se habÃa sustituido el palo, que durara mil años, por abogados y conclusiones con cuya ayuda se alimentaba con buena sopa a aquellos campesinos sucios a inútiles y hasta se les medÃan los pies cúbicos de aire que necesitaban.
–¿Cree usted –respondÃa Levin, tratando de volver a la cuestión– que no se puede encontrar un aprovechamiento de la energÃa del trabajador que haga productivo su trabajo?