Ana Karenina
Ana Karenina Además, tal pregunta no era muy leal por parte de Levin. Durante el té, la dueña le habÃa dicho que habÃan hecho venir aquel verano de Moscú a un contable alemán que por quinientos rublos hizo el balance de las cuentas de la propiedad, del que resultaba que habÃan tenido tres mil rublos de pérdida y algo más. Ella no lo recordaba con exactitud, pero el alemán, al parecer, habÃa contado hasta el último cuarto de copeck.
El viejo propietario sonrió al oÃr hablar de las ganancias de Sviajsky. Se veÃa claramente que sabÃa muy bien las ganancias que su vecino y jefe de la nobleza podÃa tener.
–Quizá yo no obtenga beneficios –contestó Sviajsky–, pero ello sólo indicarÃa que soy un mal propietario o que invierto el capital para aumentar la renta.
–¡La rental –exclamó Levin, horrorizado–. Puede ser que exista renta en Europa, donde ha mejorado la tierra a fuerza de trabajarla, pero nuestra tierra empeora cuanto más trabajo ponemos en ella, es decir que la agotamos y en este caso ya no hay renta.
–¿Cómo que no hay renta? Pues la ley…
–Nosotros estamos fuera de la ley. La renta, para nosotros, no aclara nada; al contrario, lo confunde todo. DÃgame: ¿cómo el estudio de la renta puede … ?