Ana Karenina

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–¿Qué busca usted? –preguntó a Levin, que, parandose junto a la mesa redonda, miraba las revistas– ¡Ah, sí! Ahí hay un artículo muy interesante –agregó, refiriéndose a la revista que Levin tenía en la mano–. Resulta –añadió con alegre animación– que el principal culpable del reparto de Polonia no fue Federico. Parece que…

Y Sviajsky, con su peculiar claridad, refirió brevemente aquellos nuevos a interesantes descubrimientos de indudable importancia.

Aunque a Levin le importaba sobre todo lo de la propiedad rural, oyendo a su huésped, se preguntaba: «¿Cómo será el interior de este hombre? ¿En qué puede interesarle la división de Polonia?».

Y cuando terminó, Levin le preguntó, involuntariamente:

–Bueno, ¿y qué?… Pero no pudo obtener nada más.

Lo único interesante era que «resultaba»… Sviajsky no explicó, sin embargo, ni lo creyó necesario, por qué le interesaba aquello.

–Me interesó mucho ese propietario rural tan enfadado –dijo Levin suspirando–. Es muy inteligente y en muchas de sus cosas tiene razón.

–¿Qué dice usted? Es un antiguo partidario de la servidumbre, como todos ellos –repuso Sviajsky.

–Todos ellos son los que usted representa…


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