Ana Karenina
Ana Karenina A finales de agosto se enteró por un criado que fue a devolverle su silla de que las Oblonsky se habían ido a Moscú. Comprendió que al cometer la grosería de no contestar a Daria Alejandrovna, de la que no podía acordarse sin enrojecer de vergüenza, había quemado sus naves y no podría volver nunca a casa de los Oblonsky. Del mismo modo había obrado con los Sviajsky, de cuya casa se marchó sin despedirse. Pero tampoco a aquella casa contaba con regresar jamás.
Todo ello, ahora, le resultaba indiferente. Su tarea de organizar la propiedad sobre nuevos principios lo absorbían tan completamente como nunca en la vida lo hubiera hecho antes actividad alguna.
Leyó los libros que le había prestado Sviajsky, anotando lo que no conocía; leyó también otros libros político–económicos y sociológicos que trataban del mismo asunto; pero, como suponía, no halló nada que se refiriese a lo que le interesaba.
En los libros de economía política, por ejemplo en los de Mill, el primer autor que leyó con apasionamiento, esperando a cada instante hallar la solución a lo que le preocupaba, encontró leyes deducidas de la situación de la economía europea, pero no pudo aceptar que leyes inaplicables a Rusia habrían de ser generales.