Ana Karenina

Ana Karenina

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Encendió una bujía, se levantó con precaución y se miró al espejo el rostro y los cabellos. Sí: en las sienes había canas. Abrió la boca. Las muelas posteriores empezaban a cariarse. Descubrió sus musculosos brazos. Tenía mucha fuerza, sí, pero también Nicoleñka, que ahora respiraba a su lado con los restos de sus pulmones, había tenido un día el cuerpo vigoroso.

Recordó de repente cuando, de niños, dormían ambos en la misma habitación y sólo esperaban que Fedor Bogdanovich saliera para poder tirarse los almohadones mutuamente y reír, reír sin freno, sin que el miedo a Fedor Bogdanovich pudiera reprimir aquella conciencia de la alegría vital que los desbordaba y crecía como la espuma…

«Y ahora Nicoleñka tiene el pecho hundido y vacío y yo… yo no sé para qué debo vivir ni qué puedo esperar.»

–¡Ejem, ejem! ¡Ah, diablo! –exclamó su hermano–. ¿Por qué das tantas vueltas y no te duermes?

–No sé. Tengo insomnio.

–Pues yo he dormido muy bien. Ni siquiera tengo sudor. Mira, toca mi camisa. ¿Verdad que no tengo sudor?

Levin tocó la camisa, se fue detrás de la mampara y apagó la luz, pero no pudo dormirse en mucho rato.


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