Ana Karenina

Ana Karenina

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La muerte, como fin inmediato de todo, surgió en su cerebro por primera vez. Y la muerte estaba aquí, con aquel hermano querido que, a medio dormir, invocaba a Dios o al diablo, con indiferencia y por costumbre. La muerte, pues, no se hallaba tan lejos como creyera antes. Estaba en sí mismo. Levin la sentía. Si no hoy, mañana, y si no dentro de treinta años. Pero la muerte vendría. ¿Qué más daba cuándo? Y lo que fuera aquella muerte inevitable no sólo Levin no lo sabía ni lo meditaba nunca, sino que ni se atrevía a pensar en ella.

«Trabajo, trato de hacer algo y olvido que todo termina, que existe la muerte.»

Estaba sentado en la cama, en la oscuridad, encorvado, abrazándose las rodillas. Retenía la respiración para concentrar la mente y pensaba. Pero cuanto más forzaba los pensamiento, con más claridad veía que aquello era así, que había olvidado un pequeño detalle: que la muerte llegaría y que contra ella nada se podría hacer. Era terrible, pero era así.

«Sin embargo, todavía estoy vivo. ¿Qué debo hacer? ¿Qué haré ahora», se decía desesperado.


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