Ana Karenina
Ana Karenina Ahora ambos sentÃan lo mismo: la inminencia de la muerte de Nicolás, que pesaba sobre todo lo demás y lo borraba. Ni uno ni otro osaban, sin embargo, mencionarlo, y por esto cuanto hablaban eran falsedades, que no expresaban lo que habÃa en sus pensamientos. Jamás Levin se alegró tanto como aquel dÃa de que llegase la hora de irse a dormir; jamás ante ningún extraño, en ninguna visita de cumplido, estuvo tan falso y artificial.
La conciencia de su hipocresÃa y el arrepentimiento de ella aumentaban cada vez más. SentÃa ganas de llorar viendo a su hermano tan querido próximo a la muerte y, no obstante, habÃa de escucharlo contar sus planes de vida.
La casa era húmeda y sólo una pieza tenÃa calefacción, por lo cual Levin acomodó a su hermano en su propio dormitorio, detrás de una mampara.
Durmiera o no, su hermano se agitaba como un enfermo, tosÃa y, cuando la tos no lo aliviaba, gemÃa. De vez en cuando exhalaba un suspiro y exclamaba: «¡Ay, Dios mÃo!». Y cuando la expectoración lo ahogaba decÃa irritado: «¡Ah, diablo!» .
Levin, oyéndolo, no pudo dormirse hasta muy tarde. Sus diversos pensamientos se resumÃan en uno: el de la muerte.