Ana Karenina

Ana Karenina

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–A todos os gustan los placeres animales –dijo Ana. Y Vronsky vio de nuevo en ella aquella mirada sombría que la alejaba de él.

–¿Por qué le defiendes? –preguntó, sonriendo.

–No le defiendo. Me tiene sin cuidado. Sólo creo que si a ti mismo no te hubieran gustado esos placeres, habrías podido no tomar parte en ellos. Pero te gusta ver a Thérèse en el vestido de Eva.

–¡Otra vez el demonio! –dijo Vronsky, cogiendo y besando la mano que Ana puso sobre la mesa.

–No puedo evitarlo. No sabes cuánto he sufrido esperándote. No creo ser celosa. ¡No, no lo soy! Te creo cuando estás a mi lado. Mas cuando estás lejos de mí, entregado a esta vida tuya que yo no puedo comprender…

Se interrumpió; se soltó de Vronsky, y volvió a su labor. Bajo el dedo anular, comenzaron a moverse velozmente los hilos de lana blanca, brillante bajo la luz de la lámpara y su fina muñeca se movía también rápidamente en la manga de encajes.

Su voz sonó de pronto, como forzada:

–¿Dónde has encontrado a mi marido?

–Nos hemos cruzado en la puerta.

–¿Y lo ha saludado así?


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