Ana Karenina

Ana Karenina

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Vronsky la contemplaba como a una flor que, cortada por él mismo, se le hubiese marchitado entre las manos, y en la cual apenas se pudiese reconocer la belleza que incitara a cortarla. Y, no obstante, experimentaba la sensación de que aquel amor que antes, cuando estaba en toda su fuerza, hubiese podido arrancar de su alma, de habérselo propuesto firmemente, ahora le sería imposible arrancarlo. No; ahora no podía separarse de ella.

–Bueno, ¿y qué ibas a decirme del Príncipe? –preguntó Ana–. ¿Ves? Ya he arrojado el demonio de mí.

(Así llamaban entre ellos a los celos)–. Sí, ¿qué habías empezado a decirme del Príncipe? ¿Por qué te ha sido tan desagradable?

–Era insoportable –dijo Vronsky, tratando de reanudar el hilo roto de sus pensamientos–. El Príncipe no sale ganando cuando se le conoce bien. Podría definirle como un animal bien nutrido, de esos que obtienen medallas en las exposiciones, y nada más–concluyó, con un enojo que suscitó el interés de Ana.

–¿Es posible? –contestó–. ¡Pero, si se dice que es muy culto y que ha visto mucho mundo!

–Esa cultura de… ellos, es una cultura especial. Está instruido sólo para tener derecho a despreciar la instrucción, como se desprecia todo entre ellos, excepto los placeres animales.


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