Ana Karenina
Ana Karenina –SĂ, sà –repuso ella, esforzándose visiblemente en alejar sus celos–. Pero ¡si supieras lo que siento! Te creo, te creo… Bueno, ÂżquĂ© me decĂas?
Pero Vronsky habĂa olvidado lo que querĂa decirle. Aquellos accesos de celos que, con más frecuencia cada vez, sufrĂa Ana, le asustaban, y, aunque se esforzaba en disimularlo, enfriaban su amor hacia ella, a pesar de saber que la causa de sus celos era la pasiĂłn que por Ă©l sentĂa.
Muchas y muchas veces se habĂa repetido que la felicidad no existĂa para Ă©l sino en el amor de Ana, y ahora que se sentĂa amado apasionadamente, como puede serlo un hombre por quien lo ha sacrificado todo una mujer, ahora Vronsky se sentĂa más lejos de la felicidad que el dĂa en que habĂa salido de MoscĂş en pos de ella. Entonces se consideraba desgraciado, pero veĂa la dicha ante Ă©l.
Ahora, en cambio, sentĂa que la felicidad mejor habĂa ya pasado. Ana no se parecĂa en nada a la Ana de los primeros tiempos. Moral y fĂsicamente habĂa empeorado. Estaba más gruesa y ahora mismo, mientras le estaba hablando de la artista, una expresiĂłn malĂ©vola afeaba sus facciones.