Ana Karenina

Ana Karenina

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–Hace tiempo que he dejado esa vida–repuso él, extrañado por el cambio de expresión del rostro de Ana y tratando de comprender su significado–. Te confieso ––continuó, sonriendo y mostrando, al hacerlo, sus dientes blancos y apretados– que durante esta semana me he mirado en el Príncipe como en un espejo, y he sacado una impresión desagradable.

Ana tenía la labor entre las manos, pero no hacía nada y le miraba con ojos extrañados, brillantes.

–Esta mañana ha venido Lisa, que aún no teme invitarme, a pesar de la condesa Lidia Ivanovna ––dijo Ana– y me habló de la noche de ustedes en «Atenas». ¡Qué asco!

–Quisiera decirte…

Ella le interrumpió:

–¿Estaba Teresa, esa Thérèse con la que ibas antes?

–Quisiera decirte…

–¡Cuán bajos sois todos los hombres! ¿Es posible que imaginéis que una mujer pueda olvidar eso? –decía Ana, agitándose más cada vez y explicándole así la causa de su inquietud–. ¡Sobre todo, una mujer como yo, que no puede saber lo pasado! ¿Qué sé yo? ¡Sólo lo que tú me has dicho! ¿Y quién me asegura que dices la verdad?

–Me ofendes, Ana. ¿Es que no me crees? ¿No te he dicho que no te oculto ningún pensamiento?


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