Ana Karenina
Ana Karenina
–¿Le has encontrado –preguntó ella, cuando se sentaron junto a la mesa, en la que ardÃa una lámpara–. Es el castigo por tu tardanza.
–Pero, ¿qué ha sucedido? ¿No tenÃa que asistir al consejo?
–Estuvo allà y volvió, y ahora otra vez se va no sé adónde. Es igual. No hablemos de eso. ¿Dónde has estado? ¿Has estado siempre con el PrÃncipe?
Ana conocÃa todos los detalles de su vida. Vronsky se proponÃa decirle que, no habiendo descansando en toda la noche, se habÃa quedado dormido; pero, mirando aquel rostro conmovido y feliz, se sintió avergonzado y, cambiando de idea, dijo que habÃa tenido que ir a informar de la marcha del PrÃncipe.
–¿Ha terminado todo? ¿Se ha ido?
–SÃ, gracias a Dios. No sabes lo molesto que me ha sido.
–¿Por qué? Al fin y al cabo llevabais la vida habitual de todos vosotros, los jóvenes –dijo Ana, frunciendo las cejas. Y, cogiendo la labor que tenÃa sobre la mesa, se puso a hacer croché, sin mirarle.