Ana Karenina

Ana Karenina

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–Tú, ma chère, tú, Ana… –y siguió–: No es un ser humano; es un muñeco. Sólo yo lo sé, porque nadie como yo le conoce tan profundamente. Si yo estuviese en su lugar, a una mujer como yo, hace tiempo que la habría matado y hecho pedazos en vez de llamarla ma chére Ana. No es un hombre, es una máquina burocrática. No comprende que soy tu mujer, que él es un extraño, que está de sobra. En fin, no hablemos más de ese… no hablemos más…

–Eres injusta, amiga mía –dijo Vronsky, procurando calmarla–. Pero no importa; no hablemos de él. Dime lo que has hecho estos días. ¿Qué tienes? ¿Qué hay de tu enfermedad? ¿Qué te ha dicho el médico?

Ana le miraba con irónica jovialidad. Se notaba que había hallado aún otros aspectos ridículos de su marido y que esperaba la ocasión de hablar de ellos.

Vronsky continuaba:

–Adivino que no se trata de enfermedad, sino de tu estado. ¿Cuándo será?

Se apagó el brillo irónico de los ojos de Ana y otra sonrisa, indicadora de que sabía algo que él ignoraba, y una suave tristeza, substituyeron a la anterior expresión de su semblante.


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