Ana Karenina
Ana Karenina –Pronto, pronto… Como tú has dicho, nuestra situación es penosa y hay que aclararla. ¡Si supieras qué insoportable me resulta y cuánto darÃa por el derecho de amarte libre y abiertamente! Yo no me torturarÃa ni te torturarÃa con mis celos. Respecto a lo que dices, será pronto, pero no como esperamos…
Al pensar en ello, Ana se consideró tan desdichada que las lágrimas brotaron de sus ojos y no pudo continuar. Puso su mano, brillante de blancura y de sortijas bajo la lámpara, en la manga de Vronsky.
–No será como esperamos. No querÃa decÃrtelo, pero me obligas a ello. Pronto, muy pronto, llegará el desenlace y todos nos separaremos y dejaremos de sufrir.
–No comprendo –repuso Vronsky, aunque sà comprendÃa.
–Me has preguntado cuándo. Y yo te contesto: pronto. Y te digo además que no sobreviviré a ello. No me interrumpas –y Ana se precipitaba al hablar–. Lo sé, estoy segura… Voy a morir y me alegro de dejaros libres a los dos.
Las lágrimas brotaban sin cesar de sus ojos.
Vronsky se inclinó sobre su mano y la besó, tratando en vano de dominar su emoción, la cual –lo sentÃa bien– no tenÃa ningún fundamento.