Ana Karenina
Ana Karenina –Vale más asà –dijo Ana, apretándole enérgicamente la mano–. Es el único recurso, el único que nos queda.
Él se recobró y levantó la cabeza.
–¡Qué tonterÃa! ¡Qué bobadas dices!
–Es la verdad.
–¿El qué es la verdad?
–Que voy a morir. Lo he soñado.
–¿Lo has soñado? –repitió Vronsky, recordando en el acto al campesino con quien habÃa soñado él.
–SÃ, lo soñé. Hace tiempo… Soñé que entraba corriendo en mi alcoba, donde tenÃa que coger no sé qué, o enterarme de algo… Ya sabes lo que pasa en los sueños… dijo Ana, abriendo los ojos con horror–. Al entrar en mi dormitorio, en un rincón del mismo, vi que habÃa…
–¿Cómo puedes creer en esas necedades?
Pero lo que decÃa era demasiado importante para ella, y Ana no dejó que la interrumpiera.
–Y he aquà que lo que habÃa allà se movió y vi entonces que era un campesino, pequeño y terrible, y con una barba desgreñada… Quise huir, pero él se inclinó sobre unos sacos que tenÃa allà y empezó a rebuscar en ellos con las manos.