Ana Karenina
Ana Karenina Ana imitaba los movimientos del campesino rebuscando en los sacos, y el horror se pintaba en su semblante. Vronsky recordaba su sueño y sentÃa que también se apoderaba de su alma el mismo horror.
–El campesino agitaba las manos y hablaba en francés, muy deprisa, arrastrando las erres: Il faut le battre le fer, le broyer, le pétrir . Y era tanta mi angustia, que quise con toda mi alma despertarme y desperté, o, mejor dicho, soñé que despertaba. Aterrada, me preguntaba a mà misma: «¿Qué significa esto?». Y Korney me contestaba: «Morirá usted de parto, madrecita». Y entonces desperté de verdad.
–¡Qué tonterÃa! –repetÃa Vronsky, sintiendo que su voz carecÃa de sinceridad.
–No hablemos más de esto. Llama y mandaré servir el té. Pero aguarda, ya no queda mucho tiempo, y yo…
De repente se detuvo, su rostro mudó de expresión y a la agitación y el espanto sucedió una atención suave y reposada, llena de beatitud. Vronsky no pudo comprender el significado de aquel cambio. Era que Ana sentÃa que la nueva vida que llevaba en ella se agitaba en sus entrañas.