Ana Karenina

Ana Karenina

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–No hay ninguna carta aquí –contestó Ana cerrando el cajón. Por aquel ademán, Karenin comprendió que no se equivocaba y, rechazando bruscamente la mano de ella, cogió con rapidez la cartera en que sabía que su mujer guardaba sus papeles más importantes.

Ana trató de arrancarle la cartera, pero él la rechazó.

–Siéntese; necesito hablarle –dijo, poniéndose la cartera bajo el brazo y apretándola con tal fuerza que su hombro se levantó.

Ana le miraba en silencio, con sorpresa y timidez.

–Ya le he dicho que no permitiría que recibiera aquí a su amante.

–Necesitaba verle para…

–No necesito entrar en pormenores, ni siquiera saber para qué una mujer casada necesita ver a su amante.

–Sólo quería… –siguió Ana irritándose.

La brusquedad de su marido la excitaba y le daba valor.

.¿Le parece, por ventura, una hazaña ofenderme? –le preguntó.

–Se puede ofender a una persona honrada, o a una mujer honrada; pero decir a un ladrón que lo es significa sólo la constatation d'un fait .


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