Ana Karenina
Ana Karenina –No conocÃa aún en usted esa nueva capacidad para atormentar.
–¿Llama usted atormentar a que el marido dé libertad a su mujer, concediéndole un nombre y un techo honrados sólo a condición de guardar las apariencias? ¿Es crueldad eso?
–Si lo quiere usted saber le diré que es peor: es una villanÃa–exclamó Ana, en una explosión de cólera.
E incorporándose, quiso salir.
–¡No! –gritó él, con su voz aguda, que ahora sonó más penetrante, en virtud de su excitación. Y la cogió por el brazo con sus largos dedos, con tanta fuerza que quedaron en él las señales de la pulsera, que apretaba bajo su mano, y la obligó a sentarse.
–¿Una villanÃa? Si quiere emplear esa palabra, le diré que la villanÃa es abandonar al marido y al hijo por el amante y seguir comiendo el pan del marido.
Ana bajó la cabeza. No sólo no dijo lo que habÃa dicho a su amante, es decir, que él era su esposo, y que éste sobraba, sino que ni pensó en ello siquiera.
Abrumada por la justicia de aquellas palabras, sólo pudo contestar en voz baja: