Ana Karenina
Ana Karenina Vestía presuntuosamente como un lechuguino, desde la corbata y la cadena del reloj hasta los zapatos de charol. Tenía un rostro inteligente con una expresión de astucia campesina, pero su indumentaria era ostentosa y de mal gusto.
–Haga el favor ––dijo, con gravedad, dirigiéndose a Karenin.
Y, haciéndole pasar, cerró la puerta de su despacho. Una vez dentro, le mostró una butaca próxima a la mesa de escritorio cubierta de documentos.
–Haga el favor –repitió. Y al mismo tiempo se sentaba él en el lugar preferente, frotándose sus manos pequeñas, de dedos cortos poblados de vello rubio, a inclinando la cabeza de lado.
Apenas se acomodó en aquella actitud, sobre la mesa voló una polilla. El ahogado, con rapidez increíble en él, alargó la mano, atrapó la polilla y quedó de nuevo en la posición primitiva.
–Antes de hablar de mi asunto ––dijo Karenin, que había seguido con sorpresa el ademán del abogado– debo advertirle que ha de quedar en secreto.
Una imperceptible sonrisa hizo temblar los bigotes rojizos del abogado.
–No sería abogado si no supiese guardar los secretos que me confían. Pero si usted necesita una confirmación…