Ana Karenina
Ana Karenina Alexey Alejandrovich le miró a la cara y vio que sus inteligentes ojos grises reÃan corno queriendo significar que lo sabÃan todo.
–¿Conoce usted mi nombre? –preguntó Karenin.
–Conozco su nombre y su utilÃsima actividad –y el abogado cazó otra polilla– como la conocen todos los rusos –terminó, haciendo una reverencia.
Karenin suspiró. Le costaba un gran esfuerzo hablar, pero ya que habÃa empezado, continuó con su aguda vocecilla, sin vacilar, sin confundirse y recalcando algunas palabras.
–Tengo la desgracia –empezó– de ser un marido engañado y deseo cortar legalmente los lazos que me unen con mi mujer, es decir, divorciarme, pero de modo que mi hijo no quede con su madre.
Los ojos grises del abogado se esforzaban en no reÃr, pero brillaban con una alegrÃa incontenible, y Karenin descubrió en ella, no sólo la alegrÃa del profesional que recibe un encargo provechoso; en aquellos ojos habÃa también un resplandor de entusiasmo y de triunfo, algo semejante al brillo maligno que habÃa visto en los ojos de su mujer.
–¿Desea usted, pues, mi cooperación para obtener el divorcio?