Ana Karenina
Ana Karenina Al borde de la acera, con un corto abrigo de moda, con un sombrero de copa baja también de moda, sonriendo satisfecho y mostrando los dientes blancos entre los labios rojos, estaba Esteban Arkadievich, joven y radiante, gritando con insistencia para que su cuñado mandase parar el coche.
Con la mano, Oblonsky sujetaba la portezuela de un carruaje detenido en la esquina, por cuya ventanilla aparecían la cabeza de una señora con sombrero de terciopelo y las cabecitas de dos niños. La señora sonreía bondadosamente y hacía también señas con la mano. Era Dolly con los niños.
Alexey Alejandrovich no deseaba ver a nadie en Moscú y menos que a nadie a su cuñado. Levantó el sombrero y quiso continuar; pero Esteban Arkadievich mandó al cochero de Karenin que parase y corrió hacia el coche sobre la nieve.
–¿No te da vergüenza no habernos avisado de tu llegada? ¿Desde cuándo estás aquí? Ayer pasé por el hotel Dusseau y vi en el tarjetero «Karenin», pero no pensé que fueras tú –dijo Oblonsky, introduciendo la cabeza por la portezuela del coche de su cuñado– de lo contrario, habría subido a verte. ¡Cuánto me alegro de encontrarte! –repetía, golpeando un pie contra otro, para sacudirse la nieve–. ¡Has hecho mal en no avisarnos! –insistió.