Ana Karenina
Ana Karenina –No tuve tiempo. Estoy muy ocupado –repuso secamente Karenin.
–Vamos allá con mi mujer; tiene deseos de verte.
Karenin desplegó la manta en que se envolvía las heladas piernas, se apeó y, pisando la nieve, se acercó a Daria Alejandrovna.
–¿A qué es debido que nos eluda usted de esa manera, Alexey Alejandrovich? –preguntó Dolly sonriendo.
–Estuve muy ocupado. Celebro verla –repuso él con tono que indicaba claramente que sentía lo contrario–. ¿Cómo está usted?
–Bien. ¿Y nuestra querida Ana?
Alexey Alejandrovich murmuró unas palabras confusas excusándose y trató de alejarse. Pero Esteban Arkadievich le retuvo.
–¿Qué haremos mañana? ¡Ya! Dolly: invítale a comer. Llamaremos a Kosnichev y a Peszov y así conocerá a la intelectualidad moscovita.
–Venga, por favor –dijo Dolly–. Le esperamos a las cinco o a las seis. Cuando quiera. Pero, ¿cómo está mi querida Ana? Hace tanto tiempo que…
–Está bien –contestó Alexey Alejandrovich–. Encantado de verla…
Y se dirigió a su coche.
–¿Vendrá usted? –le gritó Dolly.