Ana Karenina
Ana Karenina Karenin murmuró algo que ella no pudo distinguir entre el ruido de los coches.
–¡Iré a verte mañana! –gritó a su vez Esteban Arkadievich.
Alexey Alejandrovich se hundió en su coche de tal modo que no pudiese ver a nadie ni le viesen a él.
–¡Qué hombre tan raro! –dijo Oblonsky a su mujer.
Miró el reloj, hizo un movimiento con la mano ante el rostro, significando que la saludaba cariñosamente a ella y a sus hijos, y se alejó por la calle con su paso fanfarrón.
–¡Stiva, Stiva! –le llamó Dolly ruborizándose.
Su marido volvió la cabeza.
–Hay que comprar abrigos a Gricha y Tania. Dame dinero.
–Es igual. Di que ya los pagaré yo.
Y desapareció saludando alegremente con la cabeza a un conocido que pasaba en coche.