Ana Karenina
Ana Karenina «Todos somos hombres; somos humanos y todos tenemos faltas. ¿Por qué hemos de enfadamos y disputar?», pensaba al entrar en el hotel.
–Hola, Basilio –dijo, saludando al ordenanza, a quien conocÃa, y avanzando por el pasillo con el sombrero de través–. ¿Te dejas las patillas? Levin está en el siete, ¿verdad? Acompáñame, haz el favor. Además, entérate de si el conde Anichkin –era su nuevo jefe– podrá recibirme y avÃsame después.
–Muy bien, señor. Hace tiempo que no hemos tenido el gusto de verle por aquà – contestó Basilio sonriendo.
–Estuve ayer, pero entré por la otra puerta. ¿Es éste el siete?
Cuando Esteban Arkadievich entró, Levin estaba en medio de la habitación, con un aldeano de Tver, midiendo con el archin una piel fresca de oso.
–¿Lo has matado tú? –gritó Oblonsky–. ¡Es magnÃfico! ¿Es una osa? ¡Hola, Arjip!
Estrechó la mano al campesino y se sentó sin quitarse el abrigo ni el sombrero.
–Anda, siéntate y quÃtate esto –dijo Levin quitándole el sombrero.
–No tengo tiempo; vengo sólo por un momento–repuso Oblonsky.