Ana Karenina

Ana Karenina

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Terminado esto, Alexey Alejandrovich escribió al abogado. Sin la menor vacilación le autorizaba a obrar como mejor le pareciese. Añadió a su misiva tres cartas cambiadas entre Ana y Vronsky que había hallado en la cartera de su mujer.

Desde que Karenin había salido de su casa con ánimo de no volver a ver a su familia, desde que estuviera en casa del abogado y confiara al menos a un hombre su decisión, y, sobre todo, desde que había convertido aquel asunto privado en un expediente a base de papeles, se acostumbraba más cada vez a su decisión y veía claramente la posibilidad de realizarla.

Acababa de cerrar la carta dirigida al abogado cuando oyó el sonoro timbre de la voz de su cuñado, que insistía en que el criado de Karenin le anunciara su visita.

«Es igual», pensó Alexey Alejandrovich. «Será todavía mejor. Voy a anunciarle ahora mismo mi situación con su hermana y le explicaré por qué no puedo comer en su casa.»

–¡Hazle pasar! –gritó al criado, recogiendo los papeles y colocándolos en la cartera.

–¿Ves? ¿Por qué me has mentido si tu señor está? –exclamó la voz de Esteban Arkadievich apostrofando al criado que no lo dejaba pasar. Y Oblonsky entró en la habitación–. Me alegro mucho de encontrarte. Espero que… –empezó a decir alegremente.


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