Ana Karenina

Ana Karenina

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–No puedo ir –dijo fríamente Alexey Alejandrovich, permaneciendo en pie, sin ofrecer una silla al visitante.

Se proponía iniciar sin más las frías relaciones que debía mantener con el hermano de la mujer a quien iba a entablar demanda de divorcio.

Pero no contaba con el mar de generosidad que contenta el corazón de Esteban Arkadievich.

Éste abrió sus ojos claros y brillantes.

–¿Por qué no puedes? ¿Qué quieres decir? –preguntó con sorpresa en francés–. ¡Pero si prometiste que vendrías! Todos contamos contigo.

–Quiero decir que no puedo ir a su casa porque las relaciones de parentesco que había entre nosotros deben terminar.

–¿Cómo? ¿Por qué? No comprendo –dijo, sonriendo, Esteban Arkadievich.

–Porque voy a iniciar demanda de divorcio contra su hermana y esposa mía. Las circunstancias…

Pero Karenin no pudo terminar su discurso, porque ya Esteban Arkadievich reaccionaba y no precisamente como esperaba su cuñado.

–¿Qué me dices, Alexey Alejandrovich? –exclamó Oblonsky con apenada expresión.

–Así es.

–Perdona, pero no lo creo, no lo puedo creer.


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