Ana Karenina
Ana Karenina Karenin se sentó, viendo que sus palabras no causaban el efecto que presumiera, comprendiendo que había de explicarse, y convencido de que, fuesen las que fuesen sus explicaciones, su relación con su cuñado iba a continuar como antes.
–Sí, me he encontrado en la terrible necesidad de pedir el divorcio –dijo.
–Sólo una cosa quiero decirte, Alexey Alejandrovich: sé que eres un hombre bueno y justo. Conozco también a Ana y no puedo modificar mi opinión sobre ella. Perdona, pero me parece una mujer excelente, perfecta. De modo que no puedo creerte… Debe de haber algún error –afirmó.
–¡Si sólo hubiera un error!
–Bien; lo comprendo –interrumpió Oblonsky–. Se comprende… Pero, mira: no hay que precipitarse. No, no hay que precipitarse.
–No me he precipitado –contestó fríamente Karenin–. Mas en asuntos así no se puede seguir el consejo de nadie. Mi decisión es irrevocable.