Ana Karenina
Ana Karenina –¡Es terrible! –exclamó Esteban Arkadievich, suspirando tristemente–. Yo, en tu lugar, harÃa una cosa… ¡Te ruego que lo hagas, Alexey Alejandrovich! Por lo que he creÃdo entender, la demanda no está entablada aún. Pues antes de entablarla, habla con mi mujer.. ¡Habla con ella! Quiere a Ana como a una hermana, te quiere a ti y es una mujer extraordinaria. ¡Háblale, por Dios! Hazlo como una prueba de amistad hacia mÃ; te lo ruego.
Karenin quedó pensativo. Oblonsky le miraba con compasión, respetando su silencio.
–¿Irás a verla?
–No sé. Por eso no he ido a su casa. Creo que nuestras relaciones deben cambiar.
–No veo porqué. PermÃteme suponer que, aparte de nuestro trato como parientes, tienes hacia mà los sentimientos de amistad que yo siempre lo he profesado, además de mi sincero respeto –dijo Esteban Arkadievich estrechándole la mano–. Aun siendo verdad tus peores suposiciones, nunca juzgaré a ninguna de las dos partes, y no veo por qué han de cambiar nuestras relaciones. Y ahora haz eso: ve a ver a mi mujer.
–Los dos consideramos este asunto de distinto modo –repuso frÃamente Karenin–. No hablemos más de ello.