Ana Karenina

Ana Karenina

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–¿Y por qué no puede ir hoy a comer? Mi mujer te espera. Te ruego que vayas y, sobre todo, que le hables. Es una mujer extraordinaria. ¡Por Dios, te lo pido de rodillas, te lo ruego â€¦ !

–Si tanto se empeña, iré –dijo, suspirando, Alexey Alejandrovich.

Y, para cambiar de conversación, le habló de asuntos que interesaban a ambos, preguntándole por su nuevo jefe, un hombre no viejo aun para el alto cargo al que había sido destinado.

Karenin, ya desde mucho antes, no había sentido nunca ningún aprecio por el conde Anichkin, y siempre había estado en pugna con sus opiniones, pero ahora no pudo contener su odio, muy comprensible en un funcionario público que ha sufrido un fracaso en su cargo, hacia otro que ha obtenido un puesto más alto que él.

–¿Qué? ¿Le has visto? –preguntó con venenosa ironía.

–Por supuesto. Ayer asistió a la sesión del juzgado. Parece muy enterado de los asuntos y es muy activo.

–Sí; pero ¿a qué encamina su actividad? –preguntó Karenin–. ¿A obrar, o a modificar lo que está establecido? La gran calamidad de nuestro país es la administración a base de papeleo, de la que ese hombre es el más digno representante.


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