Ana Karenina
Ana Karenina –Por el camino de Erguchovo –repuso Levin, sintiendo que la felicidad que le llenaba el alma ahogaba su voz. ¿Cómo habÃa podido asociar la idea de algo que no fuese inocente y puro a aquella encantadora criatura?
«SÃ; parece cierto lo que me dijo Daria Alejandrovna», pensó.
Esteban Arkadievich, cogiéndole del brazo, le acercó a Karenin.
–PermÃtanme presentarles –y enunció sus nombres.
–Celebro volver a verle –dijo Alexey Alejandrovich estrechando con frialdad la mano de Levin.
–¿Se conocen ustedes? –preguntó Oblonsky sorprendido.
–Hemos pasado juntos tres horas en el tren –aclaró Levin sonriendo–, pero salimos de él intrigados como de un baile de máscaras, al menos yo.
–¡Ah! No lo sabÃa –dijo Oblonsky, y añadió, señalando al comedor–: Pasen, hagan el favor.
Los hombres pasaron al comedor y se acercaron a la mesa de los entremeses, preparada a un lado, y en la que habÃa seis clases de vodka, otras tantas de queso, con palillos de plata y sin ellos, caviar, arenques, conservas de todas clases y platos con pequeñas rebanadas de pan francés.