Ana Karenina
Ana Karenina –No es cierto. ¡Le prohÃbo que piense eso de él! –dijo Kitty–. Yo también lo consideraba antes igual; pero es un hombre muy simpático y bueno. Tiene un corazón de oro.
–¿Cómo conoce usted su corazón?
–Somos muy amigos suyos. Lo conozco bien. El invierno pasado, poco después de que… usted estuviera en nuestra casa –dijo Kitty con una sonrisa culpable, pero a la vez confiada– Dolly tuvo a todos los niños enfermos de escarlatina. Un dÃa Turovzin pasó por su casa. Y sintió tanta compasión de Dolly, que se quedó allà durante tres semanas cuidando como un aya a los pequeños –refirió en voz baja. E inclinándose hacia su hermana, añadió:
–Estoy contando a Constantino Dmitrievich lo que hizo Turovzin cuando tuviste a los niños enfermos de la escarlatina.
–Es un hombre extraordinariamente bueno –repuso Dolly mirando con dulce sonrisa a Turovzin, que comprendió que hablaban de él.
Levin lo miró a su vez, sin poder explicarse cómo era posible que no hubiese reparado antes en las cualidades de aquel hombre.
–Perdóneme, perdóneme; no volveré a pensar mal de nadie –dijo, jovial y sinceramente, expresando lo que sentÃa realmente en aquel momento.