Ana Karenina

Ana Karenina

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–Era muy temprano. Usted debía de acabar de despertarse. Su mamá dormía en el rincón del coche. La mañana era espléndida. Y yo iba por el camino pensando: «¿Quién vendrá en ese coche de cuatro caballos?». El coche pasó con un alegre sonar de cascabeles, y yo vi por un instante su rostro en la ventanilla, y su mano, que ataba las puntas del lazo de su cofia, mientras usted, sentada, parecía pensar en algo… –contaba Levin, riendo–. ¡Cuánto habría dado por saber lo que pensaba! ¿Era algo importante?

«¡A lo mejor estaba despeinada! Â», pensó Kitty. Pero viendo la embelesada sonrisa que aquellos recuerdos despertaban en Levin, comprendió que el efecto producido no podía haber sido malo. Se ruborizó y rió jovialmente.

–Le aseguro que no me acuerdo.

–¡Qué a gusto ríe Tuovzin! –exclamó Levin, viendo los ojos húmedos y el cuerpo tembloroso de risa del aludido.

–¿Lo conoce desde hace mucho? –preguntó Kitty.

–¡Quién no lo conoce!

–Me parece que lo considera usted una mala persona.

–No, eso no; sólo lo considero un miserable.


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