Ana Karenina

Ana Karenina

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–¿Sabe usted lo de Prianichnikov? –preguntó, sintiéndose animado ya por el champaña a romper el silencio en que hacía rato permaneciera–. Me han contado –siguió, sonriendo bonachonamente con sus labios húmedos y rojos y dirigiéndose a Karenin, como invitado de más respeto– que Vasia Prianichnikov se ha batido en Tver con Kritsky y le ha matado.

Oblonsky observaba que, así como todos los golpes van siempre al dedo lastimado, hoy todo iba a parar al punto dolorido de Karenin. Trató de llevarle fuera, pero su cuñado preguntó:

–¿Por qué se ha batido Prianichnikov?

–Por culpa de su mujer. ¡Se comportó como un hombre! Desafió al otro y le mató.

–¡Ah! –murmuró Alexey Alejandrovich. Y arqueando las cejas pasó al salón.

–Me alegro de que haya venido hoy –dijo Dolly, que le encontró en la pequeña antesala contigua–. Quiero hablarle. Sentémonos aquí.

Karenin, siempre con aquella expresión indiferente que le daban sus cejas arqueadas, sonrió y se sentó junto a Daria Alejandrovna.

–Muy bien –dijo–, porque precisamente quería pedirle perdón por no haberla visitado antes y despedirme de usted. Me voy de viaje mañana.


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