Ana Karenina
Ana Karenina Dolly creÃa en la inocencia de Ana y en su palidez se adivinaba que estaba irritada contra aquel hombre frÃo e indiferente que con tanta tranquilidad iba a causar la ruina de su inocente cuñada.
–Alexey Alejandrovich –dijo, con desesperada decisión mirándole a los ojos–. Le he preguntado por Ana y no me ha contestado. ¿Cómo está?
–Creo que bien, Daria Alejandrovna –contestó Karenin sin mirarla.
–Perdone, Alexey Alejandrovich. No tengo derecho a… Pero quiero y respeto a Ana como a una hermana. Le pido… le ruego que me diga lo que ha pasado entre ustedes. ¿De qué la acusa?
Karenin arrugó el entrecejo, entornó los ojos a inclinó la cabeza.
–Supongo que su marido le habrá explicado los motivos por los cuales quiero cambiar mis relaciones con Ana Arkadievna –dijo, siempre sin mirar a Dolly, y dirigiendo la vista sin querer al joven Scherbazky, que pasaba por el salón.
–No creo, no puedo creer que… –pronunció Dolly, uniendo sus manos huesudas en un ademán enérgico–. Aquà nos molestarán. Pase a este otro cuarto, haga el favor –dijo, levantándose y poniendo la mano en la manga de Karenin.