Ana Karenina
Ana Karenina La emoción de Dolly influyó en Alexey Alejandrovich. Levantándose, la siguió sumisamente al cuarto de estudio de los niños.
Se sentaron ante la mesa cubierta de hule rasgado por todas partes por los cortaplumas.
–No lo creo, no lo creo –insistió Dolly, procurando fijar la mirada huidiza de Karenin.
–Es imposible no creer en los hechos, Daria Alejandrovna –respondió Alexey Alejandrovich, recalcando la palabra «hechos».
–¿Qué le ha hecho? ¿Qué ha hecho Ana? –preguntó Dolly.
–Olvidar sus deberes y traicionar a su marido. Eso ha hecho.
–Es imposible. ¡Ha debido usted engañarse! –dijo Dolly cerrando los ojos y llevándose las manos a las sienes.
Karenin sonrió fríamente, sólo con los labios, queriendo probar a Dolly y a sí mismo la firmeza de su convicción; pero aquella calurosa defensa de su mujer, aunque no le hacía vacilar, abría de nuevo la herida de su alma, y se puso a hablar con gran excitación.
–Es imposible equivocarse cuando la propia mujer se lo confiesa al marido, añadiendo que los ocho años de vida conyugal y el hijo que tiene han sido un error, y que desea empezar una nueva vida –concluyó enérgicamente, produciendo al hablar un sonido nasal.