Ana Karenina

Ana Karenina

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–Me resulta imposible, no puedo creerlo… ¡Ana y el vicio unidos! ¡Oh!

–Daria Alejandrovna –dijo Karenin, mirando ahora de frente el rostro bondadoso y conmovido de Dolly y sintiendo que su lengua adquiría más libertad–, habría dado cualquier cosa por poder seguir dudando.

Mientras dudaba sufría, pero no tanto como ahora. Cuando dudaba, tenía esperanzas. Ahora ya nada espero; y, a pesar de todo, nuevas dudas se han añadido a las que sentía y he llegado a odiar a mi hijo, a querer incluso pensar que no es mío. Soy muy desgraciado.

Sobraba decirlo. Dolly lo comprendió en cuanto Karenin la miró a la cara. Sintió lástima de él y su fe en Ana vaciló.

–¡Es horrible, horrible! ¿Y es cierto que se ha decidido usted por el divorcio?

–Estoy decidido a ese recurso extremo. No cabe hacer otra cosa.

–¡Que no cabe hacer otra cosa! ¡Que no cabe hacerla! –murmuró ella, con lágrimas en los ojos.

–Lo terrible de esta desgracia es que no se pueda, como en otros casos, incluso la muerte, soportar la cruz. Aquí hay que obrar –dijo él, adivinando el pensamiento de Dolly–. Hay que salir de la situación humillante en que le ponen a uno. Es imposible compartir con otro…


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