Ana Karenina
Ana Karenina –Agradezco mucho su simpatÃa, pero tengo que irme ––dijo levantándose.
–Espere. No debe usted causar la perdición de Ana. Quiero hablarle de mà misma. Me casé y mi marido me engañaba. Enojada y celosa quise abandonarlo todo, marcharme… Pero recobré el buen sentido… ¿y sabe quién me salvó? La propia Ana. Ahora ya ve: voy viviendo, los niños crecen, mi marido vuelve al hogar, reconoce su falta, es cada vez mejor, y yo… He perdonado y usted debe perdonar también.
Karenin la escuchaba, pero aquellas palabras no despertaban en él eco alguno. En su alma se elevaba otra vez la ira del dÃa en que resolviera divorciarse. Se recobró, Y exclamó, con voz fuerte y vibrante:
–No quiero ni puedo perdonarla; lo considero injusto. Lo he hecho todo por esa mujer y ella lo ha pisoteado todo en el barro, en ese barro que es el elemento natural de su alma. No soy malo. No he odiado a nadie jamás, pero a ella la odio con toda el alma, y el odio inmenso que le tengo por todo el mal que me ha causado me impide perdonarla –concluyó, con la voz sofocada por un sollozo de cólera.
–Amad a los que os odian –murmuró Dolly tÃmidamente.
Karenin sonrió con desprecio. ConocÃa la máxima hacÃa mucho, pero sabÃa que no convenÃa a su caso.